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Viviendo




Supongamos que todo se va desvaneciendo; quiero decir: supongamos.

De la manera en que se anda el camino, habría una manera de eliminarlo, tal como si camináramos hacia atrás. Acaso un día, al buscar por la ciudad se perciba la disminución de los recuerdos acumulados; con qué palabras expresar esta sensación; conforme el tiempo se consume, y nos arrastra en la vorágine, se evaporan los instantes que se construyeron alguna vez; quiero decir: alguna vez.

Y así va la historia, siendo un espacio sobre el cual se va escribiendo de la mano de la soledad, ocultando lo que fue, y dejando solamente una incertidumbre que no alcanza reposo; y al buscar nuevamente los retazos de lo escrito en plural, nada hay; quiero decir: nada hay.

Pero digamos, como debiera, que el camino no retrocede; el soberano pretérito es absoluto en su trono; queda esta triste pena de pisotear lo andado, y asumir -digamos, asumir- que somos un trozo de recuerdos vanos, prontos a ser sustituidos; vagando y arrancando de las paredes las fotografías, los carteles y las confesiones; hasta que todo es gris nuevamente y el único sonido es el eco del llanto aferrado en las mejillas; quiero decir: el llanto.

Y no hay qué lamentar: sobre el lienzo sin mancha todo es nuevo. La jaula torna en rama y aún habrá luz en el cielo; que ni el olvido mata, ni el abandono es cruel. Mas, eventualmente, bajo la piel persisten ligeras llamas que pierden el camino, y se empeñan en alcanzar plenitud y arder; quiero decir: arder.


Supongamos que todo se va construyendo, quisiera decir: construyendo. Mientras caminas por la calle, donde encuentras que, al fondo, brotan colores y carteles brillantes. Supongamos que todo se va viviendo; quiero decir: supongamos.


Diario de un cualquiera




Hoy vi un tlacuache, y tenía un cinismo impresionante: caminaba tranquilamente a través del estacionamiento de una enorme tienda. Y más impresionante era su elegancia, esa presencia que gritaba: ¡Estoy aquí, y el mundo es mío! Me hizo sonreír el muy bárbaro. Por un momento pensé que las ciudades deberían ser gobernadas por animales. Mi madre me preguntó por alguien, y yo le dije que no la he visto. No mentí. No supe de quién hablaba pero es que a nadie he visto. Soy el sol, abrázame. Yo te abraso. Soy un cualquiera, ya lo creo. Mis amantes me han dicho que no lo soy, que soy alguien diferente; pero todas ellas me han abandonado, ¿será que lo que quieren es un auténtico cualquiera? ¡Qué sé yo! A mí me encanta el café y respirar el aire fresco y sentirme libre al caminar por El Boulevard. Nunca entendí aquello que dicen de que la vida es como una caja de chocolates. La vida es un teatro, todos lo saben. Pensaba acerca de los adjetivos que se usan como sustantivos: majestad, santidad, amabilidad, formalidad, toda una sarta de cosas que a nadie más le interesan, pero es que cuando voy al baño me siento más lúcido. Una vez leí dos cuentos, ya ni los recuerdo bien, pero en uno había un ómnibus y flores. Soy la luna. Cuando era niño ya era un cualquiera. Yo no era el más cualquiera, ni el menos. Fui y soy un cometa, pero a veces no pago el recibo de electricidad, y nadie me ve. Lo que pasa en la medianoche se queda en la medianoche. Lo que pasa en la medianoche se queda en la medianoche. Mi voz es tenor. Cuando lloro, mis lágrimas me hacen cosquillas, y termino por reír. Para eso sirven las lágrimas. Quise ser domador de cobras, y camino entre culebras; algo es mejor que nada, eso dicen. Nada digo. Callo, y alzo la mirada, «odio el cielo porque nunca pude encontrar el lugar exacto donde se encuentra Dios», alguien lo dijo, quizá Caicedo. 

Eterno retorno (fragmento)





Azul el cielo y nubes en él; el mar se corona de espuma cada mañana, y se alegra en su inmensidad; recorre el mundo con la certeza de quien ha logrado su objetivo; no así estos pasos indecisos que han perdido el rumbo, que caminan en círculo desde hace muchos años; estos ojos que han asistido a la misma desgracia una y otra vez, y se convencen cada vez más de su condena.

¿A dónde caen los
sueños rotos?
¿Dónde se derrama
el agua que ya no fluye?


     El aire se torna más denso, y se vuelve más difícil respirar, y todo parece una lucha sin tregua y donde no se conoce al enemigo. El tiempo, la vida, y esta carrera sin final donde la sentencia ha sido dictada. Esta batalla que nadie gana, pero todos hemos perdido algo; veo mi paciencia y mi confianza marchar sin volver la vista atrás; todo resulta extraño, nada parece lo que era. Palabras y hechos, y el pasado girando en ruletas asesinas premeditadas.

Tarde o temprano






¡Cuánto desearía yo tener extrema sabiduría!
No son pretensiones de
riqueza ni de famas
las que extravían mis
palabras hacia tan
desesperado acantilado.

Es esta ignorancia tan absurda,
que me hunde, más que
hacerme navegar a puerto,
y oculta de mis ojos
la respuesta que persigo.

Ojalá fuera yo tan
sabio para comprender
los misterios de las palabras;
que pudiera saber cuándo
es tarde o cuándo temprano.

Sobre esta ambigüedad
se cierne mi destino,
y la incertidumbre hace
presa en mí cada instante.

Si pudiera yo conocer
los segundos que se
vuelcan en la espera a
que me veo obligado;
conocer la distancia trazada
entre sus palabras y sus hechos.

Pero no, vana esperanza,
no existe correspondencia entre
una promesa y la certeza
de su cumplimiento.

Si yo supiera,
si ella supiera,
contaría los días a guardar,
me escondería en lo más profundo,
viajaría a los lugares donde no
habitara la desdicha de saberla lejos,
de saber que sufre veces más;
apagaría los recuerdos que circulan
por mi mente desde el alba hasta
que el sol deja de mostrarse.

Pero no sé cuándo es tarde o cuándo es temprano,
y solamente me aferro a esa promesa.
¡Ojalá fuera yo tan sabio!