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Al margen




Hay un hilo amenazando a cada momento con romperse,
frágil lazo que intenta casi en vano mantener un orden decadente.
Hoy sé, y tal vez desde mucho antes, lo absurdo de caminar
entre la multitud, respirando la indiferencia,
con el anhelo de que un estruendo sacuda las vidas;
acaso con el oculto deseo de romper
los vínculos y marchar a la deriva.
Nada que decir al final, sin notas de reclamo,
sabiendo que esta existencia sin sentido
se encamina hacia el mar de aguas profundas,
que cada quien ha descendido por distinto sendero.
Aceptando lo inútil de las horas mirando al cielo,
esperando que el viento traiga nuevas de gozo,
ave que ha olvidado el vuelo.
Un borde donde ya no alcanzan a
unirse los dedos ni las miradas,
hojas secas que crujen bajo el peso del abandono,
de las largas ausencias presagiando la muerte.
Hay un hilo atado a distintos corazones que ya no saben latir,
que van existiendo tristes al margen de la esperanza.

Espera


Entre el amor y el odio hay una línea divisoria;
más allá se disuelven las dudas, pero todo son mentiras.
No hay líneas que definan límites,
sino que hay mentes y vidas cansadas;
mentiras que abundan por todos lados
y envuelven todo sentimiento que pretenda relucir,
con banderas de pureza y sinceridad.
Resulta todo confuso al final,
y sin remedio se cae en círculos y vicios,
y las gotas de fuego ruedan por las avenidas de la piel.
Hablamos de líneas, de cosas que no conocemos.
La vida se resbala en el espacio que hay entre los dedos,
y los sueños vuelan sin boleto
y sin permiso, para jamás volver;
en el cielo brillan estrellas que jamás se han de alcanzar,
y desde el suelo se emiten miles de suspiros
que no bastan para conseguir la calma.
Y en el fondo de este pozo de los deseos
radican cientos de esperanzas muertas,
ahogadas bajo el yugo de la espera.

Tarde o temprano






¡Cuánto desearía yo tener extrema sabiduría!
No son pretensiones de
riqueza ni de famas
las que extravían mis
palabras hacia tan
desesperado acantilado.

Es esta ignorancia tan absurda,
que me hunde, más que
hacerme navegar a puerto,
y oculta de mis ojos
la respuesta que persigo.

Ojalá fuera yo tan
sabio para comprender
los misterios de las palabras;
que pudiera saber cuándo
es tarde o cuándo temprano.

Sobre esta ambigüedad
se cierne mi destino,
y la incertidumbre hace
presa en mí cada instante.

Si pudiera yo conocer
los segundos que se
vuelcan en la espera a
que me veo obligado;
conocer la distancia trazada
entre sus palabras y sus hechos.

Pero no, vana esperanza,
no existe correspondencia entre
una promesa y la certeza
de su cumplimiento.

Si yo supiera,
si ella supiera,
contaría los días a guardar,
me escondería en lo más profundo,
viajaría a los lugares donde no
habitara la desdicha de saberla lejos,
de saber que sufre veces más;
apagaría los recuerdos que circulan
por mi mente desde el alba hasta
que el sol deja de mostrarse.

Pero no sé cuándo es tarde o cuándo es temprano,
y solamente me aferro a esa promesa.
¡Ojalá fuera yo tan sabio!