Atardecer





Las hojas me rozan con el resto de su tiempo,caen desde los árboles de la primavera,
y prestas llevan mensajes invernales a las calles de la ciudad.
Siempre hay un rumor oculto entre la bruma citadina,
y siempre suena el río plagado de piedras y basura;
atrae la mirada de curiosos
mientras recorren el mismo camino de las hojas,
tratando de entender los mensajes del futuro temeroso.
La escena da siempre el mismo giro
y alguien pierde la sonrisa,
agotado por la falsedad y las luces artificiales,
que no logran guiar a buen puerto.
De camino al corazón todos hemos llorado en silencio,
sospechando apenas que esta tarde el otoño tomará sus maletas secas,
y quedaremos desamparados entre las calles,
atrapados entre el frío bajo el pecho,
y la brisa que arrastra la esperanza.

Caravana

En una calle de cierto pueblo ha ocurrido una desgracia: en el suelo yace una triste figura ancestral, la ropa empolvada y por todos lados vasijas y utensilios de barro y mimbre. Alrededor se han reunido espectadores indecisos, que casi en silencio observan al anciano incorporarse, tomar su sombrero y levantar una por una sus cosas; al fin todos se animan y le ayudan a reponerse y seguir su camino. Más arriba un sol de atardecer observa la escena, queda meditabundo mientras se inclina suavemente hacia las montañas.

Cae la noche sobre la humanidad, y en una pequeña habitación, única luz en todo el pueblo, un hombre traza líneas sobre la mesa; se le puede ver el cansancio bajo los ojos, la mirada sumisa ya, pero prosigue en su labor silenciosa. Pensará acaso que en ello le va la vida, o puede que escriba cartas importantes, o cándidos poemas de amor. El alba trae por fin el sueño a su cuerpo, y la luna lo ve partir a los laberintos del reposo, habiendo cumplido su misión.

No alcanza a mirar a la mujer que pasa junto a su ventana y asoma curiosa tras los cristales, y luego sigue de largo hasta la plaza, con bolsas a cuestas donde guarda sus mercancías; bajo el canto de aves ocultas se instala en el mundo para encontrarse, para renovar la vida en la esperanza del nuevo día. Pasa allí las lentas horas, con paciencia atiende a los clientes que asoman por su puesto, pero de vez en vez se distrae; alejada de sus creaciones piensa en lo que habrá más allá, tras las montañas donde el sol se esconde, en los lugares donde viven los paseantes de piel clara, con gafas sobre el azul celeste. Recuerda al hombre borracho que vio por la ventana, dormido como todos los días, que cada tres semanas viaja a la ciudad a atender negocios, y a cuya casa asoman también los turistas preguntando por el poeta.

Al otro lado de la calle mira pasar al anciano del día anterior, más terco que el burro que monta, sale cada mañana a vender sus vasijas, aunque todos saben que no tiene necesidad, sus hijos velan por él sin descanso.
***

Suena el despertador y él salta de la cama,  desorientado, todavía sumido en el sueño donde besa a la mujer amada, cuyos labios desaparecen sin aviso, y queda solamente una habitación vacía, un destello colado por las cortinas, y el terror de una ciudad siempre hambrienta, falta de ternura, dios impasible que le condena a vivir deprisa.

Con la sensación de ir siempre tarde abate la distancia hasta el trabajo, cambia su nombre por un número, su libertad por un reporte; cuando al fin marcan la hora de ir a casa, su cuerpo marchito apenas se mueve, tropieza con cada objeto y vomita la hipocresía frente al elevador. De regreso observa los autos a todo motor, los altos edificios interminables, piensa en sus amigos y retrocede hasta la última reunión, meses atrás, y desde entonces la misma película sin parar: la alarma, el sol, el trabajo, siempre la prisa, el vacío de ver perecer su alegría, y el crudo susurro de no saber a dónde huir.

Hay días en que no se reconoce; a pesar de contemplar su sombra en todos los lugares sospecha que algo no encaja, tal vez sus padres lo cambiaron cuando niño, o se perdió alguna ocasión de regreso a casa; mira sus manos moverse, la boca hablar palabras que no son suyas, y recuerda al apóstol cuando denuncia la disyuntiva entre la mente y la carne. Pero no es el apóstol ni otro nombre conocido, él apenas sobrevive las estaciones, hastiado ya de ver siempre las mismas calles, de tropezar en el mismo lugar cada día, y sobre todo, de llegar siempre tarde: al trabajo, a la casa y a su propia vida.

Miles de historias de suceden por todo el mundo, chocan, se estrellan, se deslizan suave o toscamente; desde el sofá de su casa escucha los gritos en la pared, rutina de todas las mañanas y noches, acostumbrado ya a los pasos abriendo la puerta, las preguntas insinuantes, y luego la voz más alta, más todavía, hasta que aquello se convierte en gritos y furia por toda la habitación. Después, sordo y lento sollozo nocturno, adivina los gestos, los pensamientos fríos cuando el hogar no es refugio; y él sigue en silencio, piensa que podría ser su caso también, si no fuera porque a su casa nadie entra, porque a su vida nadie más asoma y no hay más compañía que el televisor encendido y una taza de café en su mano.

Sabe de su soledad, de la triste historia de su vecina, adivina que más allá habrá alguien feliz, alguien acompañado, alguien que no sabe si este será su último día. Sabe también que su historia es apenas un grano de arena en el desierto, pero es lo único suyo, lo demás apenas un susurro inaudible, un destello, una mirada repentina en la calle, para luego seguir el camino sin voltear.

Destello ilusorio


Destello ilusorio

He plantado un árbol en los jardines interiores,
sombra prometida como gota sobre tierra árida.
Anzuelos se lanzan en aguas agitadas,
esperando por presas que no existen todavía.

Árbol al que se ha puesto nombre y acaso fecha,
cuyas raíces se expanden por la noche de los confiados.
Habita una mariposa las ramas bifurcadas,
 sacude cada instante las alas,
lleva por adornos los cascabeles del porvenir.

Este oculto deseo es ancla sobre el pecho apresado,
mustia flor que persigue el rocío;
agitada la vela resiste vientos airados.
Rayos en esta obra caen y alumbran los ojos
para distinguir recuerdos escondidos;
se ha marchado alguna vez,
árbol como espejo mira sus hojas caer suavemente.
Un sueño se ha vertido en interiores jardines,
custodiado camina por prados y avenidas,
que desde las nubes lanzan
leves trozos de arena sobre el cristal del destino.

Los veo correr








Allá van mis jóvenes y mis niños,
corren deprisa y avanzan con diligencia,
pero me temo que han errado el camino.
En medio de la multitud veo surgir clamores y gritos de euforia,
pero se han desviado,
y alzo la voz para advertirles, mas nadie escucha.
Allá van cruzando umbrales,
envueltos en mantas de egoísmo,
en ropas de traición.
Mi generación y las siguientes vagan sin rumbo;
mis niños no saben ya lo que significa el respeto,
no conocen los insectos,
ni saben lo que implica regresar a casa lleno de lodo,
¡no! Ellos saben de pantallas:
de iPad, de laptop, de iPhone, de Smart Tv.
En los rincones más profundos quedan rezagados los viejos juguetes;
todos dicen que es una nueva generación,
que cada una es diferente,
pero, ¿a dónde se dirigen?
¿Qué será de mis pequeños?
Mis niños son emperadores diminutos,
son jefes de hogar,
son reyes con coronas de berrinches,
son manchas de sangre en la espalda de los padres;
tal vez sean amor incondicional,
ternura desmedida,
pero ronda todavía misma pregunta: ¿a dónde van?
Gestando una ola de personas que no sabrá ni escribir ni cuestionar,
tan solo asentir con la cabeza sin mirar a los ojos,
un mundo de seres atados a la nada, a la estupidez y al morbo.
Los veo ir con grandes pasos,
y en el camino se empujan unos a otros
 porque todos desean ser el primero,
¿el primero en qué? No sé si saben lo que significa la libertad,
pero creen tenerla cuando le gritan a sus padres,
al hacer chantajes para conseguir lo que quieren,
son los reyes del universo y más allá, más allá.
Todavía no sé la respuesta,
por eso mi pregunta se repite una y otra vez hasta el fastidio,
pero nadie escucha ya.
Mis pequeños ángeles, pobres de ellos,
no quisieron lidiar con su niñez,
les reemplazaron el cariño por un regalo caro,
por un programa de televisión, por una guardería;
es que papá y mamá están muy ocupados;
es que… es que… es que mis niños no conocen las escondidas,
ni el un-dos -tres,
ni la rayuela ni trompos ni baleros,
¿Qué es eso? ¿No tiene botones? ¡No!
Por un sendero escabroso viajan a tientas, y yo pregunto
¿A dónde van?
Todos los niños sin alas, sin ojos y sin oídos;
pero no te atrevas a criticarlos,
porque serás procesado
y nada aplacará su furia incontenible.

Y más adelante veo a mis jóvenes,
no rompan más mi maltrecho corazón,
no corran por favor;
mis jóvenes han muerto,
como lo dice Vallejo, o tal vez Neruda, o Borges,
pero eso no les importa, no hace reír, no entretiene.
Para mis queridos, que son mis compañeros,
mis amigos, que son yo mismo,
y aquí reside también mi problema,
que me atrapa entre sus negras garras.
Los veo hundirse, con sus pies atorados en pantanos de vicios;
mis jóvenes ya no quieren saber del esfuerzo y la dedicación,
ellos quieren beber alcohol y fumar tabaco;
no hay mayor agonía que la espera de un fin de semana
para desahogar las penas que causa una universidad que odiamos,
unos padres que no comprenden,
una ciudad llena de humo y de basura,
de humanos detestables;
no hay mejor remedio que la fiesta y el desorden,
y el pasar las horas metidos en un mundo
sin escrúpulos gobernado por la Internet;
mis jóvenes ya no conocen la poesía,
es que no es cool,
es que eso de nerds,
de intelectuales,
es que yo quiero disfrutar mi juventud y salir con mis amigos.
Porque la vida ya no es escuela-casa y viceversa,
y tampoco es necesario ver a las personas para establecer vínculos:
mis amigos están en Facebook, en Whatsapp, en Twidiotez;
mis jóvenes no han visto ya las estrellas,
ellos saben de frases graciosas, de GIF´s, de memes, de chismes.
Son la fuerza, la tienen, pero no les interesa, no nos interesa.
Queremos fiesta, queremos pecado, sabemos de engaños,
de decir «te amo» en cinco conversaciones a la vez,
de conocer a alguien y proponerle sexo sin saber
a qué se dedica o qué cosas le agradan.
Mis jóvenes conocen más la obsesión que el amor,
el «todo-lo-tolero-porque-lo/la-amo»,
el «no lo vuelvo a hacer»,
¡Lo volveré a hacer porque soy el más fiera!
Qué manera de vivir, o de perder, como diría Vicente.
Les hablo con todo mi cariño,
y pongo todo de mí para comprenderlos,
pero pregunto ¿A dónde van?
No conocen el arte, más que como sufijo:
emborrach-arte, drog-arte, pele-arte, engañ-arte.
Y no es rencor ni envidia,
acaso yo sea el peor de todos,
acaso soy el único sin salvación posible,
pero es que no sé el rumbo.
La medida del propio amor graduada en botones presionados,
y el orgullo traducido en perder amistades,
en un «Yo-no-le-ruego-a-nadie».
¿Qué sueños tienes, «maifrén»? Pero mi amigo el Píter
anda bien «caido» porque su ruca lo engañó con su ex;
pero la vecina de enfrente salió embarazada
y ahora ya nadie le habla;
por qué van las cosas de este modo,
no atino a entenderlo.
¿Y los padres? Acaso vaguen por ahí,
acaso tengan ideas equivocadas,
o tal vez sean los mejores del mundo,
pero es que mis jóvenes corren sin rumbo, 
y no son el futuro: ¡son el presente!
Tan tuyo y tan mío, pero lo desperdiciamos.
Amistades y amores que van y vienen como el viento;
los veo concluir carreras universitarias que detestan,
barcos sin velas ni timón;
los veo seguir modas absurdas,
porque es lo que el mundo les ofrece,
y en su interior nada hay para combatirlo;
el vaso vacío se llena también con polvo.
Pero ¿a dónde van?
Saben de bares, de marcas caras,
de mucho y de la nada,
una eterna y sublime nada.
Qué bueno sería que estas letras se clavaran en su pecho,
y que cuando menos les hicieran pensar un poco;
pero no, ellos ven un poema y dicen:
«¡Ala, qué bonito!», y se acaba el corrido,
porque el interés no da para más.
Los veo correr, a mis jóvenes y mis niños,
y yo no sé cómo advertirles que el camino es otro,
a tropezones y dejando rastros difusos en los caminos, 
avanzan sin distinguir el rumbo de sus pasos,
mientras me sigo preguntando: ¿a dónde van?
Los veo correr deprisa,
secando su llanto con máscaras,
andar el sendero,
arrastrando el mundo entero sobre sus almas.




Vórtice

Varado en estación de ausentes, 
abandono de almas por cerradas puertas, 
transcurre la calma arrastrada por el viento; 
yace allí volcado en su devenir,
velo sobre la tez agónica, 
estoico sobre el desamparo, 
contempla rumores con los ágiles dedos.

Mirarlo es asomar en caverna afilada, 
rasgar pieles de escondidos secretos, 
aterrizando la esperanza con gotas de lluvia escurridiza; 
se contrae como quien muere solemne, 
vuelca al interior la mirada, 
buscando entre sus tejidos la respuesta perdida cada noche; 
sabe que está solo,
no asoma por las ventanas, 
adivina la dama oscura paseando el exterior, 
es abismo en que se contempla para extraer de sí las pasiones, 
y gira sobre la cuerda colgante donde el sueño descansa sus temores.

Viaje de ida


La lluvia es, de extraño modo, una cara de la vida.
Desde su origen conoce el destino,
acepta que no ha de ir más allá,
pero sospecha —como sospechamos a veces la muerte—
algo acechando detrás de los muros.
La vida es un poco la lluvia que desciende
en millones de gotas temerarias,
barcos de timón roto.
La lluvia es corta como la distancia
entre el cielo y la muerte,
como entre la vida y los charcos.
La vida es gotas rebosantes de  
momentos y recuerdos acumulados,
un día rompen los bordes y salen al mundo.
La lluvia invade montes y mentes,
tiñe de nostalgia la memoria,
exilia al olvido los pasos andados.
La vida es un tanto la lluvia estival,
donde todos corren a buscar refugio,
sin saber que la lluvia es espejo inexorable,
un viaje de quien nadie ha de escapar.

Al sur

Con cada giro vamos siendo 
un poco más extraños;
un poco más esas sombras
 se cruzan en las aceras; 
escalones con rumbo al propio 
hundimiento en ríos de lava. 
Será que las piezas no encajan ya, 
el tiempo las ha moldeado 
y son reflejo del olvido en que 
todos nos reflejamos, tristes ya 
por los pasos que no supimos dar en firme.

Instantes II

Lo primero que sintió fue un aturdimiento, el impacto lo hizo emprender un viaje por el aire, una loca carrera espacial; pudo sentir que se elevaba cada vez más, mientras el dolor comenzaba a expandirse en sus piernas; subía… ¿cuánto? Quizá cuatro o cinco metros, no estaba seguro. De pronto dejó de pensar en sus piernas y apretó los brazos alrededor de aquel cuerpo de cinco años; ¿por qué lo hice? —se preguntó— y se sorprendió de encontrar la respuesta: porque no soportaría no hacerlo.

Tuvo tiempo de pensar en aquello que decían algunos, que en esos momentos se puede ver la vida propia ante tus ojos, mostrándose a través de muchas imágenes; pero no pudo ver su vida, sólo sabía que había sido buena. Sin embargo, pudo contemplar otra ante él: vio una niña corriendo y jugando en un patio, la vio descubrir el mundo cada día, la vio crecer poco a poco, y luego la vio terminar su educación; vio cómo sonreía en aquel parque, la vio crecer en segundos, casarse y formar una hermosa familia.


Las imágenes seguían atravesando su mente, y pensó que era extraño porque ni siquiera la conocía, y ahora quizá ya no hubiera tiempo para hacerlo. Entonces quiso abrir los ojos pero se arrepintió, decidió que no lo haría, sino que la dejaría ser para siempre aquella persona que vio en su mente. Suspiró y entonces comprendió que sólo quedaba una cosa por hacer, así que la abrazó aun más fuerte e hizo un esfuerzo por girar ambos cuerpos, pues el de ella era muy frágil, y el descenso estaba por comenzar.

Que cómo estoy

Si preguntas cómo estoy, la respuesta es: estoy bien;
nada hay más cómodo para zanjar el tema y salir del paso.
Pero hoy no es un buen día.

Estoy bien, ¡tremendamente bien!
Pero hoy no es un buen día.

Bien, ¿con relación a qué?
Bien porque sigo vivo, y otros no;
bien porque tengo trabajo, y otros no;
bien, porque hay otros peor que yo
y otros peor que ellos, y así sucesivamente.
¿Cómo estás? Dime: ¿cómo me veo?
Pero hoy no es un buen día.

Bien, dependiendo de la intención de tu pregunta;
viví entre alacranes, entre arañas,
y todos me preguntaban siempre cómo estaba.
El ladrón vigila a quien planea robar.

Si tan solo fuéramos más claros, y más sinceros.
Pero hoy —ya lo he dicho— no es un buen día.
Hace un año que no he visto a mi mejor amigo,
pero estoy bien.

Mi trabajo me fastidia,
pero no por las labores, sino por las personas,
pero yo estoy bien.

Tengo un anhelo que se esfuma,
y corro para alcanzarlo pero es más veloz,
y yo estoy magníficamente.

¿Para qué me lo preguntas?
Apenas nos conocemos, ¡es más!: ni nos conocemos.
Estoy bien, pero hoy no es un buen día.
Lo era hasta hace poco. Ya no.
Cuando el alba despuntó,
abrí los ojos y la luz me saludó cortésmente,
y salí a caminar y respirar aire fresco;
todo estaba tan limpio.

Mas el afán incansable de algunos como tú,
que se empeñan en cuestionarme,
para que reflexione y dé una respuesta,
me hacen aborrecer la vida.

Hoy no es un buen día.
La fruta que lo partió.

Más bien hubieras preguntado algo concreto:
si dormí bien;
qué opino de los OVNIs;
si fui al baño por la mañana;
si ya me dieron el Nobel.

¿Por-qué-carajos-me-preguntas-cómo-estoy?
Si ya sabes que la respuesta es un «bien»,
tan auténtico como el cabello rubio de mi vecina.
Pero de nada sirve discutir.
Si quieres respuestas, te las daré:
estoy espectacularmente bien:
mi enfermedad incurable no me mata,
sólo vuelve cada cierto tiempo.
Además no he podido comprar la luna,
porque no saben quién es el dueño,
así que he planeado robarla.

Una nueva: me corté las uñas,
y hasta los dedos; porque ¡puff! ¡La vida es tremenda!

Ya casi no tengo amigos cerca,
todos han sido arrastrados por la corriente,
y yo tengo plomo en los pies.

Mi exmujer me ha olvidado,
y yo espero a que haga frío para quemar sus cartas.
Tengo muchos libros pero quiero más,
miles y miles más.

Ya no tengo gato, y es triste porque a él sí lo quise.
¡Oh! ¿Tu pregunta se refería a si todavía estoy gordo?
Pues sí, todavía.

Y sospecho que no volverás a preguntarme,
por eso te lo quiero dejar claro esta vez:

efestofoy jofodifidafamefentefe biefen.