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Viaje de ida


La lluvia es, de extraño modo, una cara de la vida.
Desde su origen conoce el destino,
acepta que no ha de ir más allá,
pero sospecha —como sospechamos a veces la muerte—
algo acechando detrás de los muros.
La vida es un poco la lluvia que desciende
en millones de gotas temerarias,
barcos de timón roto.
La lluvia es corta como la distancia
entre el cielo y la muerte,
como entre la vida y los charcos.
La vida es gotas rebosantes de  
momentos y recuerdos acumulados,
un día rompen los bordes y salen al mundo.
La lluvia invade montes y mentes,
tiñe de nostalgia la memoria,
exilia al olvido los pasos andados.
La vida es un tanto la lluvia estival,
donde todos corren a buscar refugio,
sin saber que la lluvia es espejo inexorable,
un viaje de quien nadie ha de escapar.

Mapa



Voy perdiendo los últimos
rasgos de lo que fui alguna vez,
los bordes desgastados manifiestan
el largo camino transitado en aventura.

En algún sitio quedan olvidadas
las historias de pasos trémulos,
de victorias y derrotas, de llantos
y noches al calor de hogueras.

Al asomarme a los espejos
que la lluvia instala en el suelo,
descubro mi rostro falto de sonrisas,
y me adivino las ausencias que
parecen montadas en mi espalda y
en la mirada, ausencias con nombres
y lugares escritos en algún rincón.

Voy perdiendo los últimos
rasgos de lo que fui alguna vez,
me visto de nuevos días, 
me hundo en calles que jamás conocí,
y apunto cada trazo de camino 
en viejos trozos de papel; 
quién sabe, hay veces que es necesario volver.