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Al sur

Con cada giro vamos siendo 
un poco más extraños;
un poco más esas sombras
 se cruzan en las aceras; 
escalones con rumbo al propio 
hundimiento en ríos de lava. 
Será que las piezas no encajan ya, 
el tiempo las ha moldeado 
y son reflejo del olvido en que 
todos nos reflejamos, tristes ya 
por los pasos que no supimos dar en firme.

Lunes por la tarde



Casi como a Oliverio,[1]
se me adhieren los recuerdos
a tu sonrisa, a tus besos.

Resbalan por la pared gotas
como en procesión, rogando por ti,
por la luz que de tus ojos emana.

Todo adquiere el olor del pasado,
los colores parecen ya cansados
de tantos días, y van cerrando
sus ojos, abrazados al frío de otoño.

Lento se va quedando todo
en silencio, sutil reverencia a la vida.

Lentas, mis manos terminan de escribir
la última línea de este poema.



[1] Oliverio Girondo, poeta argentino.

Adiós




Bajo cuál rayo habrá sucumbido este afán, no lo sé;
imposible resulta conocer el camino
que siguen los ocultos pensamientos.
Más allá, se envuelven en oscuros ropajes
todos los recuerdos,
se revuelcan en el olvido los antiguos sentimientos.

Bajo este compás de tristes notas,
buscando reposo en un metal adornado;
rodeado de miles que absurdamente
buscan una aguja dentro de un camello.

Sin sentido, todo vuelve a ser un recuento de la nada.
Fuera caen todas las palabras,
y se diluye el tiempo convertido
en agua que pasa, y ha pasado ya.

Es así, triste final para lo que no tuvo inicio,
¿desde cuándo?: desde siempre.
Se va la vida, día tras día,
y resulta imposible asirla,
y nos aferramos pero de nada sirve.

A lo lejos pude ver su rostro y su sonrisa.
Pero no somos más que imágenes sin revelar,
y hay un hilo roto donde en otro tiempo
el sol brilló sin piedad.

Y es así, una vez más, todo vuelve a ser
origen y lamento y pérdida.
Este abandono que es el único camino a seguir,
la última puerta por cerrar.

Te escribo



Tú, el único motivo de mis desvelos y de mis sueños;
qué paradójico que sintamos tanto el uno por el otro y no podamos gritarlo;
qué desgarrador que la vida ha cruzado nuestros caminos en el momento menos indicado;
qué desafortunado que, sin importar la distancia, te sienta tan cerca con tan poco;
qué trauma que lo único que pueda hacer sea escribirte
en mi poco tiempo de libertad; qué fortuna.
           
Te escribo, y siempre lo hago; incluso cuando no puedo hacerlo, lo pienso;
tan fuerte es mi deseo de comunicación.
Cada palabra que no puedo escribir queda plasmada en mi memoria,
esperando, solo esperando el momento de liberación en que te alcance;
por fin el momento en que mi mente y mi corazón
descansen de la carga de mis pensamientos por ti,
del recuerdo de aquel 23 de julio, ¿o del 24?
Da igual, porque ambos días te pensé con la misma intensidad.
Ambos días el amanecer ha sido el mejor de la historia,
con la intensidad que solo se puede alcanzar
cuando dos corazones gemelos se encuentran por primera vez,
con la intensidad del mar, de ese hermoso mar
que fue testigo del comienzo de la peor de las locuras,
pero que, al mismo tiempo, fue testigo del comienzo
de la más preciosa historia de corazones amantes.
           
Prometiste volver, y yo prometí esperarte,
mientras tanto, te escribo solamente.
Prometiste estar siempre, y yo prometí esperarte una vez más,
eso es lo único que te puedo dar.

Debo confesar que añoro volver a mirar tu rostro,
reflejarme en el café de tus ojos, quererte más, pertenecernos otra vez;
anhelo todavía que mi corazón se llene con las huellas de tus pasos,
que pueda volver a verte, y así una y otra vez,
para mantener tu recuerdo intacto en mi mente,
para que nunca se vaya de mí tu presencia.
Si tengo que sobrevivir con recuerdos: elijo el tuyo;
y si tengo siete vidas, como tú, por siete vidas te elijo como mi locura favorita.




Autor: Metamorfosis.